Las imágenes se repiten cada verano: columnas de humo sobre los bosques, evacuaciones contrarreloj y brigadistas trabajando al límite. En la Patagonia argentina, los incendios dejaron de ser “un problema del sur” para convertirse en una señal de alerta ambiental que habla de algo mucho más grande: sequías prolongadas, temperaturas extremas, vientos intensos, acción humana y decisiones políticas que, juntas, están redefiniendo el futuro del territorio.
En los primeros días de enero, se registraron múltiples focos en zonas cordilleranas de Chubut y Río Negro. En cuestión de horas, algunos incendios avanzaron sobre bosques nativos y áreas cercanas a poblaciones. Las autoridades investigan posibles orígenes intencionales, una hipótesis que aparece año tras año. Pero los especialistas advierten que, aun cuando la chispa inicial sea humana, el escenario climático actual es lo que transforma un foco en un incendio de gran magnitud.








Cuando el fuego ya no es “excepcional”
Expertos consultados por France 24 describen un cambio de fondo: desde comienzos de este siglo, la región evidencia más sequías, aumento sostenido de temperaturas y mayor frecuencia de tormentas eléctricas. En palabras del biólogo Javier Grosfeld (ex subsecretario de Bosques de Río Negro), hoy se ven incendios que vuelven mucho más rápido de lo que era habitual décadas atrás.
“Incendios que ocurrían cada 80 o 100 años hoy se repiten cada pocos años”, advierte Grosfeld.
A ese panorama se suman los llamados incendios de “quinta y sexta generación”: fuegos con múltiples frentes y comportamientos extremos, capaces de desbordar las estrategias tradicionales de control.
Las pérdidas que no siempre se ven
Cuando se habla de incendios forestales, lo primero que aparece es el paisaje negro y los árboles calcinados. Sin embargo, el impacto va mucho más allá. Con cada avance del fuego se pierden relaciones ecológicas complejas: especies que no logran escapar, hábitats que tardaron siglos en consolidarse y equilibrios que se rompen en cuestión de horas.
El periodista Luis Pavesio, director del sitio Noticias Ambientales y presentador de “26 Planeta” (Canal 26), señala que en estos episodios se arrasa biodiversidad completa, incluyendo especies ya amenazadas y con poblaciones reducidas.
En los bosques andino-patagónicos, la recuperación es lenta y, en algunos casos, incierta: cipresales de más de cien años, coihues centenarios y bosques de lenga —especialmente vulnerables al fuego— pueden tardar generaciones humanas en recomponerse.
Del bosque al matorral: el cambio silencioso
Uno de los efectos más preocupantes es el “después” del incendio. Grosfeld describe una transición ecológica que ya se observa en distintas áreas: grandes bosques que no vuelven a ser bosques, sino que se convierten en matorrales.
¿Por qué importa? Porque esos matorrales suelen ser más inflamables. El fuego se propaga con mayor facilidad, cuesta más detenerlo y aumenta la chance de que el territorio se queme una y otra vez, incluso afectando a los árboles que habían sobrevivido a incendios previos.
El impacto invisible: agua, suelo y riesgo futuro








El problema no termina cuando se apagan las llamas. Con la pérdida de vegetación, el suelo queda más expuesto: se degrada, se erosiona y cambia la forma en que el territorio absorbe y gestiona el agua. Eso eleva el riesgo de inundaciones, aludes y deslizamientos en los años siguientes.
Claudio Velazco, ingeniero hidráulico y especialista en cambio climático, lo resume con una advertencia: fenómenos que antes se consideraban “extraordinarios” hoy son cada vez más frecuentes, mientras la planificación sigue anclada a un clima que ya no existe.
Más calor, menos nieve y “combustible” acumulado
Inviernos con poca nieve, lluvias escasas y olas de calor más intensas generan una acumulación enorme de material seco. Pavesio lo grafica de forma contundente: el escenario actual se parece a “tirar un fósforo” en un lugar donde todo está listo para arder.
Además, aumentan las tormentas eléctricas fuera de temporada —incluso en primavera u otoño— que pueden generar focos simultáneos en zonas de difícil acceso. Grosfeld explica que cambios atmosféricos favorecen la llegada de vientos inestables desde otras regiones, multiplicando rayos y complicando el trabajo de los equipos de combate.
Combatir o prevenir: la decisión que marca la diferencia
Los especialistas coinciden en un punto: el problema no es solo climático, también es político. Tradicionalmente, gran parte de los recursos se destinan al combate del fuego, mientras la prevención queda relegada, pese a que el consenso internacional sostiene que invertir en prevención reduce costos humanos, económicos y ambientales a largo plazo.
En esa línea, la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN) advirtió que en 2024 el Sistema Nacional de Manejo del Fuego (SNMF) ejecutó apenas una parte de su presupuesto, en un año con cientos de miles de hectáreas afectadas en el país. Para 2026, según proyecciones citadas por Chequeado, se anticiparía una caída real significativa del presupuesto destinado al área.
Una advertencia, no una fatalidad
Mirar lo que ocurre en la Patagonia como algo ajeno es un error. Lo que se quema en el sur argentino compromete bienes comunes que impactan mucho más allá de una frontera: agua, biodiversidad, estabilidad ambiental y calidad de vida.
Los incendios no son una tragedia inevitable. En gran medida, son el resultado de decisiones —y omisiones— acumuladas en el tiempo. Entender las causas, asumir responsabilidades institucionales y cambiar el enfoque (más prevención, mejor planificación, más recursos y control) es clave para dejar de tratar el fuego como un episodio lejano y empezar a leerlo como lo que es: una advertencia clara sobre el futuro que se está configurando.
Fuente: Arde la Patagonia: ¿Cuál es el impacto real de los incendios en el sur de Argentina? – France 24

