Una frase del ministro del Interior, Carlos Negro, encendió la discusión pública: aseguró que, dentro de los diferentes niveles de afectación por el crimen organizado, “felizmente, Uruguay no se encuentra en una situación ni siquiera cercana a la de México”.
Para algunos, es una comparación válida: México vive desde hace décadas una crisis de violencia y penetración del narco a escala estatal. Para otros, el mensaje suena desconectado de la realidad cotidiana y del avance del crimen organizado en la región. ¿Dónde está Uruguay hoy? ¿Y qué señales deberían preocuparnos?
Qué quiso decir el ministro
La declaración se dio en el marco de una comparación regional sobre el impacto del crimen organizado. La lectura más directa es que Uruguay, como país, no presenta (por ahora) los niveles de violencia y control territorial que se observan en escenarios extremos como el mexicano.
Sin embargo, el problema aparece cuando esa comparación se entiende como “estamos bien” o “no es tan grave”. Ahí es donde parte de la ciudadanía no coincide.
Lo que mucha gente le discute
Quienes cuestionan la frase suelen apuntar a un punto: Uruguay puede no estar en un escenario extremo, pero eso no significa que esté fuera de riesgo. El avance del crimen organizado suele ser gradual: primero se fortalece en lo económico, después en lo territorial y, si no hay frenos, termina degradando instituciones.
En esa discusión aparece un caso que se volvió emblema: el narcotraficante uruguayo Sebastián Marset, que figura entre los fugitivos más buscados por la DEA. Para muchos, ese dato por sí solo contradice la idea de “lejos” del fenómeno. Para otros, es justamente la prueba de que el Estado debe enfocarse en cortar redes y no en comparaciones simbólicas.
Datos y percepciones: no siempre cuentan la misma historia
En 2025, el Ministerio del Interior presentó informes con descensos en varios indicadores delictivos, y también ha señalado variaciones en homicidios según períodos. Pero en paralelo, la percepción social de inseguridad sigue alta y la discusión pública se mantiene viva, porque la experiencia cotidiana no siempre se alinea con los promedios nacionales.
Además, el propio Estado ha trabajado recientemente en aclarar cómo se miden y comparan los homicidios entre diferentes organismos, lo que muestra que incluso las estadísticas requieren lectura cuidadosa para evitar conclusiones simplistas.
Entonces, ¿qué tan mal está Uruguay?
Probablemente la respuesta más honesta esté en el medio: Uruguay no es México, pero tampoco está “inmune”. El país enfrenta desafíos vinculados al crimen organizado que se expresan de distintas maneras: logística, lavado, violencia asociada a disputas, y presión sobre barrios y economías locales.
La discusión real no debería ser si estamos “cerca” o “lejos” de un caso extremo, sino si estamos haciendo lo suficiente para no acercarnos. Y sobre todo: si las señales tempranas se están tomando en serio.
Abre debate
¿Te parece correcta la comparación del ministro con México?
¿Creés que ayuda a dimensionar el problema o lo minimiza?
¿Qué medidas deberían ser prioridad: más presencia policial, inteligencia y crimen organizado, control de puertos y fronteras, prevención social, reformas en cárceles, o todo a la vez?
Dejá tu opinión: el tema es incómodo, pero necesario.


